
La foto y los votos
Hay semanas en que la política argentina se resume en dos imágenes que compite...
Hay semanas en que la política argentina se resume en dos imágenes que compiten. Esta es una de ellas. De un lado, la foto: el Presidente decidió subir a Manuel Adorni al avión que el sábado lo llevará al acto por el Día de la Bandera en Rosario, y lo rodeará de todo el gabinete. Un mensaje sin grises. No se va. Del otro lado, los votos: en el Senado ya hay quienes calculan hasta cuarenta y tres manos dispuestas a interpelarlo —según los conteos que circulan por la Cámara alta—, una cifra que coquetea con los dos tercios.
El origen de todo no es una operación ni un rumor. Es una declaración jurada. El jefe de Gabinete, investigado desde hace más de tres meses por presunto enriquecimiento ilícito, presentó su patrimonio ante el organismo recaudador y salió a explicarlo por televisión. La explicación, lejos de cerrar el caso, lo abrió de par en par: admitió haber ahorrado durante años «en negro». El que vino a predicar la moral como política de Estado confesó, con cámaras de por medio, haberle escondido plata al Estado. Ahora la Justicia federal deberá decidir si esa conducta es una omisión maliciosa o algo más grave. Pero el daño político ya estaba hecho. Porque una cosa es resistir el fuego de la oposición. Eso se descuenta. Otra muy distinta es perder a los propios.
Y eso es exactamente lo que pasó. El radicalismo habló de una «gravedad ética incompatible» con el cargo. Los gobernadores que solían poner el hombro empezaron a tomar distancia: una cosa es bancar el ajuste o el equilibrio fiscal, dicen por lo bajo, y otra muy distinta es firmar al pie de un caso de corrupción. Hasta el principal aliado del Gobierno en el Congreso, el PRO, le marcó la cancha al Presidente: que defienda el cambio, no a Adorni. Aunque conviene leer la letra chica de esa presión. El macrismo le pide a Milei que lo eche, pero avisa que no va a aportar sus votos para la moción de censura. Que el costo lo pague otro. Que la mano sucia sea ajena.Es la paradoja de la semana: casi nadie quiere a Adorni en el cargo, pero casi nadie quiere ser quien lo voltee.
Conviene detenerse en el instrumento, porque no es un detalle menor. La moción de censura está en el artículo 101 de la Constitución desde la reforma de 1994. En treinta y dos años nunca se usó. Diecinueve jefes de Gabinete pasaron por el cargo y ninguno la enfrentó. Adorni podría ser el primero de la historia. Y aun así, el mecanismo tiene una trampa elegante: como es una decisión política y no judicial, si las dos cámaras lo remueven, el Presidente podría volver a designarlo por decreto al día siguiente. La Constitución habilita el portazo. No prohíbe volver a abrir la puerta.
Mientras tanto, adentro de la Casa Rosada hay dos relojes funcionando a distinta velocidad. Uno es el de la foto: el Presidente y su hermana renovando los votos de confianza, llamando a los ministros a formar fila en Rosario. El otro es el de la mesa chica que negocia contra reloj con los gobernadores para que el peronismo no junte el quórum en el Senado. Un Gobierno que muestra serenidad por la ventana y mueve fichas con urgencia por la puerta de atrás.
Hay un dato que pinta el clima interno mejor que cualquier encuesta. A ese acto en Rosario, donde el oficialismo quiere mostrarse compacto, no invitaron a la vicepresidenta. La segunda en la línea de sucesión, que viene siendo la voz más dura contra el funcionario dentro del propio espacio, quedó afuera de la foto de la unidad. «No forma parte del Gobierno», dejaron trascender desde el entorno presidencial. Cuando un oficialismo necesita excluir a su propia vice para sostener la imagen de armonía, la imagen ya está rota. Y sin embargo, hay una lógica en la decisión del Presidente que conviene no despreciar. Sostener a un funcionario bajo fuego no es solo terquedad: es la apuesta de quien no quiere gobernar a remolque del Congreso ni entregarle una cabeza a la oposición cada vez que sube la presión. Visto así, soltar a Adorni bajo amenaza de censura sería, para Milei, sentar un precedente caro: que el Parlamento elige a sus ministros. Es una posición defendible. La pregunta es si el costo de defenderla no termina siendo más alto que el del funcionario que la motiva.
Acá no hay buenos ni malos de manual. Hay un Presidente que cree —o necesita creer— en la inocencia de un funcionario de máxima confianza de su hermana, y que entiende que soltarlo bajo presión sería entregarle una victoria a la «casta» que dice combatir. Y hay una oposición que, por una vez, encontró una bandera que no necesita explicar: la transparencia. Las dos lecturas son legítimas. Las dos se van a defender el martes en Diputados y el jueves en el Senado. La pregunta que dejó la semana no es si Adorni cometió o no un delito. Eso lo dirá la Justicia, a su tiempo y con sus pruebas. La pregunta es más simple y más incómoda: ¿alcanza una foto para tapar cuarenta y tres votos?
El sábado sabremos cómo queda la imagen. El martes Diputados, el hoy el Senado: ahí veremos los números. Y entre la foto y los votos, el país volverá a comprobar algo que ya sabe de memoria: en la Argentina, una declaración jurada puede pesar más que un triunfo en el Mundial.
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/la-foto-y-los-votos/