
La discusión ausente
Por Redacción Extra Digital En los círculos de reflexión del peroni...
Por Redacción Extra Digital
En los círculos de reflexión del peronismo circula, desde hace tiempo, una hipótesis de trabajo que casi nunca llega a la superficie del debate público. Puede resumirse así: Estados Unidos preferiría lidiar con las consecuencias migratorias de la pobreza latinoamericana antes que con una región desarrollada que fuera ganando márgenes de soberanía económica. Quienes sostienen esa lectura la apoyan en la historia de las últimas décadas: los proyectos de industrialización y de integración regional habrían encontrado, con matices según la administración de turno en Washington, más obstáculos que apoyos. Quienes la relativizan responden que el subdesarrollo latinoamericano se explica menos por designios externos que por los errores propios —inestabilidad macroeconómica, instituciones débiles, políticas pendulares— y que atribuir la responsabilidad a la potencia hegemónica es una forma elegante de no mirarse al espejo.
No es propósito de esta columna laudar esa controversia, que lleva más de medio siglo abierta. Lo que sí puede constatarse es otra cosa. Si un espacio político considera que ese es el dilema central que enfrentaría en caso de volver al gobierno en 2027 —cómo se desarrolla un país cuando su margen de maniobra externo es estrecho—, resulta llamativo que la discusión no aparezca en ningún ámbito visible. No hay documento partidario, congreso programático ni ciclo de debate que haya llegado al conocimiento público. Si el peronismo discute su estrategia, lo hace en privado.
Lo que sí discute en público, en cambio, es su conducción. Las diferencias entre Máximo Kirchner, Axel Kicillof, dirigentes del peronismo federal como Sergio Uñac y figuras como Guillermo Moreno se ventilan a diario en declaraciones cruzadas, operaciones y reproches personales. Lo que la lógica política aconseja debatir a la luz —el programa, que se legitima ante la sociedad— permanece en la penumbra; lo que aconseja tramitar con discreción —la interna, que ninguna fuerza exhibe sin costo— ocupa el centro de la escena.
Los efectos de esa inversión son mensurables. Ninguna fuerza política amplía su base electoral mostrando sus disputas de aparato. En el mejor de los casos las administra, en el peor las paga. Los estrategas de la oposición no ignoran que cada semana de interna peronista pública equivale a una semana de campaña ajena financiada con recursos propios. En ese sentido, la actual dinámica del peronismo constituye —involuntariamente— uno de los activos electorales más firmes del oficialismo. Debate estratégico que, dicho sea de paso, tampoco el propio oficialismo exhibe con claridad. Su proyecto para después de 2027 se conoce por sus efectos más que por sus enunciados.
El precedente regional que suele citarse en voz baja, y que pocos se animan a mencionar con todas las letras, es el del MAS boliviano. Un movimiento que dominó la política de su país durante casi dos décadas, que ganó todas las elecciones que disputó, se fracturó en una guerra de sucesión entre sus dos principales figuras, llegó dividido a las urnas y entregó el gobierno a sus adversarios sin que estos debieran construir una mayoría propia. La enseñanza que dejó ese proceso admite una formulación incómoda para cualquier movimiento hegemónico y es que a los oficialismos populares rara vez los derrota la oposición, sino que suele derrotarlos su incapacidad para ordenar la sucesión sin canibalizarse.
Las internas no son una patología sino un signo de vitalidad, y todas las fuerzas políticas las atraviesan. La cuestión no es su existencia sino su lugar. Las conducciones se diriman en elecciones internas, en mesas políticas, en reglas de juego aceptadas. Lo que la experiencia comparada desaconseja es que la disputa por los nombres sea el único contenido que una fuerza le ofrece a la sociedad, máxime cuando el país que esa fuerza aspira a gobernar arrastra una pobreza que la medición oficial ubica por debajo del 30% pero cuya verdadera magnitud es hoy objeto de una intensa controversia metodológica entre economistas, una moneda debilitada, un endeudamiento considerable y una inserción internacional por definir — temas, todos, sobre los que el votante no conoce hoy la posición unificada del principal espacio opositor.
Queda por verse si el peronismo puede invertir el orden de sus prioridades públicas antes de que el calendario electoral lo haga inevitable. La historia reciente de la región sugiere que el tiempo para ese reordenamiento existe, pero no es infinito. Y que a los espacios que llegan a una elección discutiendo apellidos, el electorado suele responderles con otro apellido.
Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/la-discusion-ausente/