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Comprar tiempo también es un plan

  Por Javier Pappalardo El jueves pasado el Gobierno pagó má...

Comprar tiempo también es un plan

  Por Javier Pappalardo El jueves pasado el Gobierno pagó má...

 

Por Javier Pappalardo

El jueves pasado el Gobierno pagó más de 4.000 millones de dólares a los bonistas y el mercado apenas parpadeó. Hace un año, un vencimiento de ese tamaño hubiera dominado la semana entera con tapas catástrofe y corridas de ventanilla. Que esta vez haya pasado casi como un trámite dice bastante sobre lo que Luis Caputo vino a mostrar el lunes, cuando presentó en el Palacio de Hacienda su programa financiero hasta el final del mandato.
La lógica del anuncio es sencilla de contar aunque compleja de ejecutar. Entre lo que resta de 2026 y todo 2027 la Argentina enfrenta vencimientos en dólares que, según cómo se los cuente, rondan entre 30.000 y 44.000 millones. El ministro exhibió una planilla donde cada peso de esa montaña tiene nombre y apellido. Para este año las necesidades suman 19.200 millones de dólares y las fuentes identificadas llegan a 22.900, lo que deja un excedente de 3.700 millones que funcionará como colchón para el año electoral. Superávit fiscal para los intereses, emisiones en el mercado local, préstamos garantizados por el Banco Mundial y el BID, compras de dólares al Banco Central, privatizaciones y un préstamo bilateral todavía sin nombre completan el rompecabezas de 2027.
La frase que eligió Caputo para resumirlo fue precisa. Salir a los mercados internacionales, dijo, es una opción y no un objetivo. Traducido del lenguaje financiero, el Gobierno reconoce que a las tasas que todavía le pide Wall Street prefiere arreglarse con lo que tiene a mano. Le ofrecieron colocar 5.000 millones a diez años al 12,5 por ciento y consiguió armar su esquema a la mitad de ese costo. Ahí hay un dato de sensatez que conviene reconocer más allá de las simpatías de cada uno.
La semana dejó además dos movimientos concretos que respaldan el relato. Primero, la renovación de los REPO con diez bancos internacionales por unos 6.000 millones de dólares, que corrió esos vencimientos hasta septiembre de 2028, cómodamente después de las presidenciales. Segundo, un préstamo de 3.200 millones con tres bancos que ingresó esta misma semana y sirvió para afrontar el pago a los bonistas sin tocar las reservas. El riesgo país acompañó y cerró en 415 puntos básicos, el nivel más bajo desde 2018.
El otro frente donde el Gobierno cosechó fue el del Fondo. Por primera vez desde que arrancó el acuerdo, la meta de acumulación de reservas se cumplió sin necesidad de pedir dispensas, y hasta se sobrecumplió el objetivo de junio. Las reservas netas, que en diciembre de 2023 eran negativas en 12.000 millones, hoy son positivas en unos 10.000 según la metodología del organismo. Como frutilla del postre, Kristalina Georgieva confirmó que visitará el país a fin de mes, invitada por el Presidente, mientras el Fondo mantuvo su proyección de crecimiento en 3,5 por ciento para este año y 4 para el próximo. Cuando la jefa del FMI viaja a Buenos Aires en lugar de citar a los ministros en Washington, algo cambió en la relación de fuerzas.
Ahora bien, todo edificio tiene sus vigas bajo tensión y este no es la excepción. La primera duda la señalan los propios analistas de la City. El plan supone que el mercado local absorberá emisiones por 5.000 millones de dólares en pleno año electoral, cuando la historia argentina enseña que en la previa de cada elección los ahorristas prefieren el dólar en la mano antes que un bono del Tesoro. El debut del nuevo Bonar 2029, previsto para este miércoles, será el primer examen de ese apetito. La segunda viga floja está en la recaudación, que cayó 5,3 por ciento en el primer semestre. El superávit fiscal sostiene todo el andamiaje, y sostener superávit con ingresos en baja obliga a un ajuste cada vez más fino sobre un gasto que ya fue podado a fondo. La tercera quedó fuera de la planilla del lunes. La deuda del Banco Central con China por el swap, y el tramo activado que todavía resta cancelar, siguen esperando su propio capítulo.
Para nuestra región el asunto tiene traducción directa. El dólar oficial se movió en junio y comienzos de julio, ronda hoy los 1.500 pesos, y en el campo se reabrió la discusión sobre si el tipo de cambio alcanza para que las cuentas de la próxima campaña cierren. Un programa financiero creíble baja el riesgo país, y un riesgo país en descenso abarata el crédito que tarde o temprano llega, o debería llegar, al productor, al acopio y a la pyme metalúrgica del interior. La contracara es conocida. Si el esquema exige un dólar tranquilo hasta 2027, la competitividad del que exporta granos y carne queda subordinada a la estabilidad que necesita el que paga deuda.
La pregunta de fondo quedó flotando en todos los análisis de la semana y me parece honesto dejarla planteada tal cual. El Gobierno consiguió despejar el calendario de pagos y mostrar los dólares para afrontarlo, algo que ningún ministro pudo exhibir en mucho tiempo. Falta saber si ese blindaje resiste la prueba de un año electoral, con un mercado local al que se le pedirá un esfuerzo inédito y una economía real que todavía espera sentir en el bolsillo lo que las planillas ya festejan. Comprar tiempo también es un plan. Lo que se haga con ese tiempo definirá si fue una solución o apenas una prórroga.

Fuente: https://www.semanarioextra.com.ar/comprar-tiempo-tambien-es-un-plan/

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